domingo, 12 de abril de 2009

La edad de la razón

Después de una noche inquieta, de sueño entrecortado, el despertador sonó puntual a las siete. Me levanté aturdido, aunque pronto me repuse y no sentí ni sueño ni fatiga. Había sido una noche de sueños existencialistas, frecuentados por personajes sartrianos. No fueron pesadillas, pues el miedo que experimenté parecía no ser real, era un terror neutro, casi ajeno a mí, pero no por eso más leve y angustioso. Tampoco sentía pánico ante lo que ocurría a mi alrededor. No recuerdo bien todo lo que ocurrió, sin embargo dos escenas se me quedaron grabadas en la memoria para siempre.

En la primera me encontraba con varias personas (no consigo recordar sus rostros), son amigos con los que asisto al funeral de una amiga común. No era un funeral convencional. Estábamos todos de pie, frente a una especie de máquina semejante a las que se pueden ver en las fábricas de producción en cadena, de donde salían y entraban muchas cintas transportadoras. De repente, en una de las cintas apareció un ataúd muy tosco, hecho sólo de tablones de madera. El ataúd desfilaba ante nosotros lentamente y sabía perfectamente quién estaba dentro. En aquel mismo momento supe lo que estaba pasando: todos estábamos muriendo uno a uno. Nadie sabía quién sería el próximo. No experimenté ninguna clase de temor. Únicamente sentía lástima por la persona muerta, pero no estaba triste, se trataba de una especie de apatía extraña y molesta. No me acuerdo de cómo salí de allí, ni de la continuación de la historia.

Sí recuerdo que poco después estaba cruzando una carretera comarcal, en medio del campo, en un lugar muy parecido a una zona próxima a mi pueblo, donde domina el matorral bajo. Nada más. Sólo el instante en que cruzo la calzada. Más tarde, aparezco en un lugar oscuro al aire libre. Se trataba de una aldea, una casa de campo o un cortijo. Vi a un anciano con aspecto de mendigo sentado junto a una puerta. Vestía ropa gris y desgastada. Tenía las piernas cruzadas y pude ver uno de sus pies descalzo. La piel era de color grisáceo y de apariencia escamosa, como si estuviese afectado por la lepra. Era una imagen muy desagradable. No obstante, yo no sentía asco, era la misma apatía de antes. Cuando comencé a avanzar hacia él, la estridencia del despertador me devolvió al mundo de la consciencia.

Me levanté rápidamente, me dirigí al baño, me refresqué la cara con agua y entonces vinieron las imágenes de aquellos sueños. Me vestí y me dirigí como siempre a clase. Cuando abrí la puerta que daba al exterior, vi que el mundo que se extendía ante mí no era ya el mismo. Sin embargo, los abetos seguían allí, erguidos, luchando contra el viento; la chimenea de la incineradora no cesaba de vomitar aquel humo gris, dorado por los primeros rayos del sol; el césped seguía cubriendo el montículo donde se erigía la residencia; el mismo trasiego matinal en el edificio de la cocina; las carreras y las risas de los adolescentes en los pasillos del internado, todo seguía igual. Comprendí entonces que lo que realmente había cambiado era mi modo de percibir todas aquellas cosas. Acababa de entrar en la edad de la razón.